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sábado, 12 de mayo de 2007

EL AMAZONAS: LA SELVA BRASILEÑA

La opción inmediata -también la más aceptada- es la de visitar el parque ecológico Yanaguari. Situado a tan sólo siete kilómetros de Manaos, el lago Yanaguari, con sus aguas calmas y cristalinas, concentra en sí y a su alrededor lo que la Amazonia tiene de tesoro inapreciable: su pródiga naturaleza.

La excursión, apta para toda clase de personas, parte del muelle flotante en barcos y barcazas de cualquier tipo y condición, según la agencia con la que se contrate.

Navegar por el río Negro en las cercanías de Manaos tiene mucho de expectante y poco de novedoso. Un paisaje plano, abierto por los cuatro costados, con dos motivos casi exclusivos, dos elementos de asfixiante regularidad, cielo y agua, agua y cielo, donde la espesura selvática agazapa su latente promesa, esquiva aún a tus anhelos. La excesiva anchura de estas aguas pretas (negras) ¿como las denominan por aquí, a consecuencia del alto contenido en materias orgánicas y óxidos de hierro, causantes de su color rojo oscuro- no propicia siquiera verdaderas sensaciones fluviales. Tampoco grandes sorpresas; a menos que tengas la fortuna de cara para coincidir con las simpáticas inías ¿delfines de río-, que barren la monotonía del paisaje y de los minutos con sus saltos y cabriolas, en todo análogos a los de sus parientes oceánicos.

Poco a poco la embarcación gana la orilla y, de repente, cuando menos lo esperas, aparece un brazo de agua, hasta esos instantes oculto a tus miradas y, al remontarlo, el panorama cambia por completo. La vegetación construye complejas bóvedas sobre tu cabeza. La luz se filtra en precarios claroscuros y los incontables ruidos de la vida te hacen sentir, por fin, la realidad ensoñada, la magia de la gran selva.

El parque ecológico Yanaguari ha sido preparado con habilidad y elegancia para hacer frente al impacto humano ¿las visitas turísticas, con todo, no son aún masivas-. El recorrido principal se realiza a pie... ¡sin pisar el suelo! Los senderos consisten en larguísimos y serpenteantes puentes de tablones y barandillas de madera, armados sobre pilotes de uno a dos metros de altura, te permiten adentrarte en el maremágnum arbóreo en volandas, prácticamente sin romperlo ni mancharlo. Y sin los peligros inherentes al medio: serpientes venenosas disimuladas entre lodazales y hojarasca o los silentes caimanes, huéspedes habituales de charcas y caños, cuya inmovilidad, al flotar, les procura apariencia de troncos a la deriva.

Por lo demás, el encontronazo con serpientes es inevitable. En el propio embarcadero del Parque o, lo que es peor, bloqueando las pasarelas en grupos de dos o tres, los niños indígenas, con enormes boas constrictor enrolladas como bufandas ¿los metros que sobran se los reparten por brazos y piernas como buenamente pueden, según el tamaño del animal y del niño-, tratan de que los turistas se fotografíen con ellos y con su ofídico trofeo para ganar algunos cruzeiros, logrando, las más de las veces, la prudente retirada del cliente, cuando no su huida indecorosa tras la reacción inicial de histeria soterrada. Mayor éxito tienen los que exhiben a los cansinos perezosos, mamíferos que abundan en el Parque, aunque pocos son los que se animan a tocarlos, no digamos ya a cogerlos... La eterna aprensión del hombre urbano ante la naturaleza desnuda y sin tapujos.

Entre las numerosas y siempre vistosas plantas del Parque destaca una, reina incuestionable del lago Yanaguari. Se trata de la Victoria regia, un nenúfar gigante con una sola hoja flotante, especie de jofaina plana de hasta dos metros de diámetro y capaz de soportar veinte kilos de peso.

Los recorridos a menos de dos metros del suelo por los originales senderos-puentes reúnen las esencias zoológicas y botánicas de Yanaguari, pero no agotan sus posibilidades. Dentro de la zona hay lugares recónditos ¿el acceso se realiza mayormente en canoas-, donde la experiencia de la selva, sin la artificialidad de los itinerarios preparados, adquiere tintes inquietantes y adrenalínicos. Pero aquí es donde nuestra excursión se transmuta casi en expedición. Como siempre, todo es cuestión de saber lo que se quiere y cómo se quiere hacer. Dedicar unos días a explorar los igapós ¿zonas permanentemente inundadas, con densísimos bosques semipalustres-, visitar las comunidades indígenas o senderear la selva en profundidad es, ciertamente, posible ¿para algunos una tentación insoslayable-, pero exige planteamientos distintos y medios adecuados. Desde este punto de vista, el parque ecológico Yanaguari no es, evidentemente, la aventura definitiva; pero es, en cualquier caso ¿con mayor razón si se trata de la primera vez-, una experiencia inolvidable.
Vía: Viajar

VIAJE AL AMAZONAS: MANAOS

Los libros de geografía afirman que el Amazonas fluye desde los Andes peruanos al Atlántico, pero los brasileños reservan ese nombre a la parte del río que discurre entre la ciudad de Manaos, en pleno corazón selvático, y su desembocadura. El tramo anterior es el Solimoes, que al unirse con el Negro, a 18 kilómetros de Manaos, conforma esta gran arteria fluvial, la más larga y caudalosa de Suramérica.
El avión aterriza en Manaos, la floreciente capital del estado brasileño de Amazonas. Durante un largo trecho, antes de concluir el vuelo, la selva se extiende a tus pies; una anticipación de lo ignoto, de las variopintas emociones que suscita la inmensidad vegetal. Pero, camino ya de tu hotel, nada concuerda con lo que esperabas. Y aquí vas, sentado en el taxi, sacudiéndote el pasmo provocado por un desfile de despropósitos: avenidas, edificios y parques con remedos del Manhattan neoyorquino e ínfulas parisinas. Cosmopolitismo siglo XXI en el corazón del Amazonas. ¿Y la selva? ¿te preguntas-. ¿Qué ha pasado con la selva?

Esa misma tarde, o quizás a la mañana siguiente, te asomas al muelle flotante de la ciudad ¿el mayor del mundo, aseguran con orgullo los lugareños- y sólo entonces recuperas tu fe y olvidas el susto recibido a la primera de cambio. El río Negro se ensancha ante tus ojos, con hechuras marítimas y latidos insondables. Y más allá, sobre la margen opuesta que la calina torna difusa, intuyes la aventura y el misterio en la distante maraña arbórea que ¿ahora sí- engulle en su seno la totalidad del horizonte.

Las ofertas turísticas para engolfarse en el Amazonas son numerosas. Pero, antes de decidirte por alguna, puede que recorrer Manaos te parezca una buena idea. Hubo un tiempo en que fue la reina. Así la llamaban entonces, la reina del Caucho. No había ciudad más próspera, admirada y envidiada en toda la cuenca amazónica. Su historia comienza en 1669, con la fundación del fuerte de San José da Barra do río Negro, a 18 kilómetros del ¿Encuentro de las aguas?, donde el Negro y el Solimoes juntan sus respectivas corrientes sin mezclarse durante un buen tramo, la una limpia y oscura, la otra achocolatada por sus limos, en un espectáculo de inusual cromatismo. Perdida en plena selva virgen, la pequeña aldea que se estableció más tarde a su alrededor pasó dos siglos aislada del resto del país y del mundo.

Hacia 1890, la explotación del caucho y la concentración de las exportaciones en Manaos hizo florecer una infraestructura social y cultural sin precedentes. Los magnates del caucho movían fabulosas sumas de dinero y fueron estos ricos de nuevo cuño los que decidieron transformar Manaos en una metrópoli al estilo de las del Viejo Continente. Obras públicas y residencias permanecen hoy como testigos de aquella época: el teatro Amazonas y la plaza San Sebastián, complejo arquitectónico concebido por el italiano Domenico de Angelis; la Aduana y el muelle flotante, proyectados y prefabricados en Inglaterra; el mercado municipal, a imitación del de Les Halles de París; el palacio Río Negro, actual sede del gobierno del estado y antigua residencia de un excéntrico comerciante alemán, además de un sinnúmero de plazas y jardines.

La auténtica joya de Manaos es el teatro Amazonas, el mayor exabrupto de los tiempos del esplendor cauchero. Proyectado íntegramente en Portugal, fue inaugurado en 1896. En su desmedido afán vanguardista, la nueva aristocracia de Manaos no dudó en contratar a los más afamados artistas europeos de aquel tiempo. Sara Bernhardt y Enrico Caruso actuaron para públicos más sensibles a la elegancia y el refinamiento del espectáculo que a sus calidades artísticas. A saber: caballeros de levita y mujeres ¡con abrigos de visón! ¿el glamour ante todo-, a despecho de los sofocantes calores tropicales.

Otra de las maravillas de Manaos es su muelle flotante. Articulado para fluctuar con los cambios de nivel de las aguas ¿trece metros en algunas temporadas-, a su alrededor ha crecido todo un entramado de almacenes, restaurantes y tiendas instaladas sobre balsas conectadas entre sí por pasarelas que se extienden por las riberas del río Negro. Un cuadro singular, grávido de reminiscencias del Extremo Oriente.
Vía: Viajar